Desde la butaca – Shazam (Shazam!)

Cinéfilo Irredento

El joven Billy Batson (Asher Angel) ha escapado de muchos orfanatos para buscar a su madre biológica; pero su vida cambia por completo cuando recibe místicos poderes de un hechicero que necesita ayuda para detener a un villano impulsado por la fuerza de los Siete Pecados Capitales.
¿Qué demonios…? ¿Siete Pecados Capitales? Aceptémoslo: el venerable comic Shazam (más antiguo que cualquier cosa de Marvel o DC Comics) tiene una de las mitologías más extrañas en el género de superhéroes. Y las disputas legales que ocasionó el nombre del personaje original (Captain Marvel) complica aún más la situación, convirtiéndolo uno de los candidatos menos probables para llevarse a cine. Pero bueno… nadie sabe lo que puede pasar en Hollywood. O en Filadelfia.
Shazam (tanto el comic como la película) representa una de las más persistentes fantasías juveniles: un joven inseguro obtiene súper-poderes… pero no sabe cómo utilizarlos, ni comprende la tremenda importancia de su transformación.
Es una mezcla de Big (con una obvia referencia visual que nos indica la complicidad del director), y una comedia “coming of age” con elementos de “pez fuera del agua”, todo lo cual destila suficiente humor y energía para disimular la superficialidad del argumento y algunas rutinas cómicas que pierden fuerza por tanta repetición.
Sin embargo, nada de eso importa cuando nos estamos divirtiendo tanto con la interacción de Zachary Levi (como la forma “adulta” de Billy Batson), y Jack Dylan Grazer en el papel de su mejor amigo, Freddy, experto en superhéroes con razones muy personales para apreciar el increíble don que recibió Billy.
Esto significa que Shazam es una larga e irregular “historia de origen” donde el protagonista adquiere poderes casi divinos, pero conserva los traumas emocionales de su lado humano, los cuales deberá resolver (o al menos aceptar) para tener un futuro como defensor de los débiles.
Como dije, nada nuevo, pero bastante entretenido. Y, tal vez para compensar la ligereza de la premisa, el director David F. Sandberg (Annabelle: Creation) añade un par de sorpresas bastante sombrías que chocan con el tono de la película, aunque resultan útiles para guiar el desarrollo de Billy hacia la madurez como persona y como héroe.
En el papel del malévolo Thaddeus Sivana, Mark Strong tiene un arco dramático similar, aunque su motivación (como siempre), es bastante nebulosa. No quiero revelar spoilers, así que solo diré: Sivana ya tiene considerable poder… ¿para qué necesita robar el de alguien más? No tiene mucho sentido.
Pero, bueno… “sentido” no es lo que buscamos en una película donde el héroe utiliza sus nuevas habilidades para comprar cerveza y visitar un bar de dudosa reputación. Y, siguiendo el espíritu del comic, Shazam se aleja del estilo “dark” de las Batman v Superman: Dawn of Justice para ofrecer acción y aventuras en una colorida atmósfera familiar, aunque no exenta de irreverencia que me recordó las películas de Deadpool… sin groserías ni vulgaridad, desde luego. Bueno, tal vez el mínimo necesario para ganar la clasificación PG-13.
Curiosamente, creo que los problemas narrativos de Shazam (como la mencionada superficialidad y ambiguo tono) preparan el terreno para secuelas más interesantes y creativas, donde podremos explorar la evolución de Billy (y demás “invitados”) en el entorno urbano de Filadelfia, una agradable variación de Nueva York o Metrópolis con su propio sabor cultural y detalles geográficos.
Y, en un contexto más amplio, Shazam revela el cambio fundamental en la ideología de Warner Bros. (iniciado con Aquaman), para rescatar la alquímica fusión de drama, humor, y lecciones morales que hicieron tan populares a los superhéroes, sin importar el medio donde se desarrollen sus aventuras. Entonces, Shazam me pareció buena por sí misma, aunque con algunos problemas que nublaron la experiencia; sin embargo la disfruté más como optimista preludio de un futuro más luminoso y satisfactorio para el Universo de DC Comics. Más vale tarde que nunca.