Libro Abierto – Armando Ramírez: la novela crónica

Escribió Armando Ramírez: “Al amanecer la vivienda huele a sueños desmañados y olores acumulados. Cuarto total. Cuarto-habitación. Cuarto-con-tapanco. Cuarto-sala. Cuarto-convivencia. Cuarto-comedor. Cuarto-cristiandad. Cuarto-hechos-bolita”.
Así son las vecindades que se multiplican y reiteran en “las vísceras de los barrios de la ciudad”, como las de Tepito, por allá por el rumbo de Nonoalco-Tlatelolco, de donde salen o a donde encajan las crónicas-novelas de Armando Ramírez.
No son los lugares perdidos en los confines de la ciudad y dejados de la mano de Dios, son las casas pobres de gente que trabaja, estudia, desayuna-come-merienda todos los días, ve la televisión y aunque las paredes de sus viviendas están descarapeladas, se ponen pijama para dormir, y aunque sus camas son viejas tienen almohadas, y los sábados van al baño público y hasta les dan un masaje, y en las noches van a fiestas y los domingos a misa y a pasear.
Son crónicas en las que el señor es obrero en una fábrica, taxista, dueño de una taquería; la señora es ama de casa que va al mercado todos los días, alrededor de las doce, y allí se encuentra con sus comadres mientras camina por los pasillos “olorosos a detergente y blanqueador”, y los muchachos estudian, salen con sus amigos que son sus vecinos que son sus carnales, y se enamoran, siempre se enamoran.
Porque en Ramírez, como en los románticos del siglo XIX, la crónica se envuelve en la historia de amor, la historia de amor es el pretexto para desarrollar la crónica y para, a su cobijo, podernos decir otras cosas. ¡Altamirano redivivo!
Son crónicas de tiempos idos, de un mundo que no existe más. Hoy las fábricas cierran porque todo viene de afuera y las personas ponen un puesto en cualquier esquina o estación del metro para ofrecer calcetines y pantaletas. Estudiar ya no sirve, ni con título de licenciado dan chamba en el gobierno. La conclusión es simple: “Hoy la chamba la dan los narcos. Y que nadie se haga maje que así son las cosas”.
La crónica de Ramírez no es foto fija sino película: una narrativa que empieza en un mundo feliz y termina en un mundo jodido, porque éste es un país de perdedores al que todos pendejean y en el que las cosas siempre se ponen más mal de lo que (de por sí) estaban. Y es también, como diría José Joaquín Blanco, la narración de la “sórdida violencia, el machismo procaz”. Y también la del orgullo del cronista por venir de allí, por relatar lo que ha vivido en carne propia, por pertenecer: “El camión atestado de gente que huele a sábanas, el mal olor de las axilas, las miradas vagas que deambulan, los pisotones y los gritos malhumorados del chofer y los gritos desesperados de los pasajeros agárrenlo me robó mi cartera, me arrebató mi bolso, esquina baaajan”.
Orgullo también de su lenguaje que nos “sorraja y echa en cara a los (pobrecitos, qué mala pata)” que no tuvimos la suerte de ser de allí. Un lenguaje tan fielmente vernáculo, que en vez de leerlo, lo oímos: “cotorrear”, “güey”, “escuincles”, “state quieto”, “fayuca”, “pizarrín”, “chambiar”, “ya le bieras dicho que”, “pos yo que tú le daba cran”. Las frases no pueden ser más ordinarias, por comunes, por cotidianas. Hasta la ortografía es escribir como se habla: saguán, tristesa, íncate, para qué las aches, para qué las mayúsculas y los acentos, para qué tanta puntuación: “Pos si mano como te venia diciendo (?) ahora si nos vamos al japon, de ahí agarramos un camion nos vamos a la luna, a patin, porque no nos alcanza el pasaje de regreso.”
Hiperrealismo, ha dicho un crítico. Crónica tan exagerada en su modo de relatar la realidad, que resulta ser más real que la mismísima realidad, digo yo.
En las novelas-crónicas de Armando Ramírez siempre alguien le cuenta al narrador lo que el narrador le cuenta al lector. Y siempre la narración se acompaña de boleros y canciones rancheras, porque en ellas el escritor encuentra “esa inspiración que otros buscan en la poesía”.
Su evolución narrativa, por extraño y paradójico que parezca, caminó hacia la depuración: Si en Chin Chin el Teporocho (1971) y La crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito (1975) eran disquisiciones interminables, indivisas, repetitivas, en Violación en Polanco (1980), Noche de califas (1982) y sobre todo Quinceañera (1987) ya fue más acotada y en Pantaletas (2001) de plano el relato se redujo hasta lo más elemental. Como si dijera para qué tanto choro si siempre voy a contar lo mismo: siempre del país jodido y siempre del amor que jode.
Pero a esa depuración corresponde, también por extraño y paradójico que parezca, una intensificación (como si todavía fuera posible) del lenguaje, que se vuelve más cargado, más vernáculo si eso se pudiera medir en cantidad, más lleno de modismos y con un código que nadie que no sea un mexicano-de-ese momento-que-vivía-en-la-ciudad puede entender: “Por eso la dejé buscar su vocación, que se realizara como mujer, que no se sintiera sepultada en vida. Si quería ser periodista como Lolita Ayala, pues órale, acá está su Azcárraga Jean, su Salinas Pliego”.
La crónica en México ha tenido sus particularidades en cada momento histórico, tanto en lo que mira como en la manera de narrar. A mediados del siglo XIX le dio énfasis a retratar a los pobres, hacia finales de la centuria y principios de la siguiente, a los ricos y sus diversiones, y en el XX recogió ambos mundos, mostrando la coexistencia en la sociedad mexicana de ricos y pobres, y evidenciando la voluntad de los cronistas de dar el panorama total.
Pero además, se ocupó de manera muy principal de la ciudad y sobre todo de la capital, no sólo como lugar de las maravillas y las infinitas posibilidades como creyó en su momento Salvador Novo, sino también como lo contrario, lugar de devastación y de “percepciones y saberes fragmentados”, como escribió Néstor García Canclini.
Son textos sin intención de objetividad y neutralidad sino al contrario, hay toma de posición y compromiso. Al recoger “hábitos y personajes”, lo que los cronistas buscaron fue “desentrañar la realidad”, pero también como quería Mariano Azuela, “abrir sin piedad la carne”, y como dice Elena Poniatowska, “abrir puertas y crear conciencia”.
La potencia transformadora de estos textos, su vitalidad, está en su desdén por temas y formas ya caducados, por el orden y el poder tanto en la realidad como en la literatura, porque como escribió Carlos Fuentes: “Los escritores le niegan al orden establecido el léxico que éste quisiera y le oponen el lenguaje de la alarma, la renovación, el desorden y el humor”. (Por Sara Sefchovich)