Opinión – 1994, la serie

Alfonso Zárate

1994, nuestro annus horribilis, comenzó unos meses atrás: en mayo de 1993, con el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara. Año dramático en el que la concatenación de hechos funestos permitía imaginar que un poder oculto había decidido poner en jaque al sistema político mexicano.
En efecto, es posible interpretar los duros golpes de aquellos días como desafíos a piezas centrales del régimen: la Iglesia Católica, ya que nunca antes se había atentado contra un “príncipe de la Iglesia”; el Ejército y el presidente de la República, a quienes le declaró la guerra el EZLN; el PRI, partido de Estado, con el asesinato de su candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, y el Congreso de la Unión, con el crimen del diputado electo José Francisco Ruiz Massieu.
De casi todo ello trata la serie documental 1994, de Diego Enrique Osorno. El meritorio ejercicio del periodista nos recuerda, a 25 años de distancia, esos meses en que vivimos en peligro.
Resultan muy sugerentes los videos en los que aparece Mario Aburto rindiendo su declaración y, más tarde, en la reconstrucción de los hechos; Aburto se desempeña como un director de escena y ese comportamiento, así como sus apuntes: el “Libro de Actas”, en el que refiere su nombramiento como “Caballero Águila” y habla de los gobiernos opresores y de que él mataría al candidato, sugieren un trastorno mental, quizás esquizofrenia.
También es interesante la línea de la acción concertada que desliza Yolanda, una dirigente popular, que recuerda lo que alguna vez le dijo la novia de Aburto: que ella lo acompañaba al Parque de la Amistad donde lo recogían y se lo llevaban. Y que al regresar, Mario le decía que les iba a ir muy bien. En la misma perspectiva, la participación de José Luis Pérez Canchola, presidente de la Comisión de los Derechos Humanos de Baja California, quien sugiere la existencia de un plan para asesinar a Colosio —y, luego, al mismo Aburto—; así como la convicción de Alfonso Durazo, que habla de un asesinato fraguado desde el poder.
Son varias las entrevistas inéditas: la de Carlos Salinas de Gortari; la del subcomandante Galeano (antes Marcos) que lee sus poemas y señala a Salinas como el autor intelectual del crimen; las de Rodolfo Mayoral, Othón Cortez, Marcelo Ebrard y Raúl Salinas. También enriquecen el documental las imágenes referidas al EZLN, su entrenamiento y algunas escaramuzas con el Ejército.
Observamos en 1994 a Manuel Camacho, aspirante derrotado, que al ser nombrado Comisionado para la Paz, perturba la campaña desangelada; y, al final de todo, a Salinas como el gran titiritero. Están, asimismo, las conclusiones contradictorias de los fiscales que investigaron el asesinato de Colosio.
Sin embargo, creo que hubiera dado mayor riqueza al documental recoger otras voces, distintas y distantes a las que promueven la idea del martirologio de Colosio (“el hombre que habría cambiado el rumbo del país”). Otras reflexiones le habrían permitido a Osorno ofrecer una visión menos parcial del candidato y de aquellos hechos, descubrir al Colosio que fue una creación de Salinas, al que ascendió de su mano desde una modesta dirección hasta ubicarse en la antesala de la Presidencia: con una lealtad más parecida a la sumisión, siempre a la sombra del tlatoani; al jefe déspota y al dirigente de un partido tramposo que en sus días desplegó todas sus malas artes para ganar, aunque tuviera que reconocer el triunfo del PAN en Baja California.
¿Cómo ignorar que el PRI que presidió Colosio por decisión de Salinas era el PRI de Mario Villanueva, “El Chueco”, gobernador de Quintana Roo, hoy en la cárcel, junto con otros gobernadores de esa calaña; que encabezó al partido de Fidel Velázquez y de Carlos Hank; que fue el coordinador del fraude de 1988 mediante el cual Salinas se impuso sobre Cuauhtémoc Cárdenas?
A mí me habría gustado que la serie explorara otro hecho sorprendente: la designación de Ernesto Zedillo, un tecnócrata carente de toda experiencia electoral, como coordinador de la campaña; y que no pasara por alto a otro gran ausente: Joseph Marie Córdoba, un actor principal en la trama política de esos años, poderoso jefe de la Oficina de la Presidencia y protector de Zedillo.
Pero, a pesar de sus ausencias y de sus acentos, vale la pena ver la serie. El trabajo de Osorno puede generar una revisión mucho más crítica e integral de un año crítico en la historia reciente.